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La democracia y su reforma furtiva

EL Mercurio
Tribuna
Miércoles 22 de Abril de 2009


La democracia y su reforma furtiva

Philippe C. Schmitter
Profesor European University Institute (Florencia, Italia)
Muchos, por no decir la mayoría, de los avances históricos de las instituciones democráticas se dieron junto con guerras internacionales, revoluciones nacionales o conflictos civiles. Afortunadamente hoy por hoy, en muchas regiones del mundo, especialmente en la Europa pacificada, ninguno de estos arreglos "arquimedianos" en que se basaban grandes cambios de régimen está disponible. Las democracias liberales "reales" podrían estar demostrando "síntomas mórbidos", como los llamó Gramsci, pero no están enfrentando ni el colapso interno ni la conquista externa. Los reformadores democráticos potenciales no pueden invocar plausiblemente la posibilidad de una guerra, revolución o rebelión para convencer a las clases sociales establecidas en la sociedad de la necesidad de apoyar sus innovaciones. Esto significa que existe una ventana muy estrecha para introducir reformas significativas. Tienen que ser escogidas con cautela, introducidas gradualmente y promovidas con mucha destreza. Insistir en el "todo y ahora" es contraproducente, y sirve solamente para reforzar el statu quo. Proceder furtivamente, en otras palabras, es la mejor manera de avanzar hacia un mejoramiento de la calidad de la democracia en el mundo de hoy.
Una estrategia reformista que respeta estos límites descansa en cinco suposiciones (por cierto, discutibles) que, si bien están enfocadas en Europa, se podrían aplicar a otras regiones, con algunas posibles excepciones.
Primero, será cada vez más difícil que las democracias establecidas de Europa Occidental y del Sur se legitimen a través de la comparación de su desempeño con algún modo alternativo de dominación, real o imaginado. Ahora que la democracia liberal se ha establecido como la norma en Europa y en muchos otros lugares, y la autocracia abierta existe solamente en países con culturas y estructuras sociales muy distintas, los estándares de evaluación para los gobiernos (qué hacen y cómo lo hacen) serán cada vez más "internos" al discurso de la teoría democrática; es decir, a lo que han prometido a lo largo del tiempo las distintas concepciones de democracia y por lo cual los ciudadanos han luchado tan duramente en el pasado. Por ende, habrá una tendencia de convergencia hacia instituciones formales y prácticas informales dentro de Europa lo que, a su vez, llevará a niveles más altos y rangos más estrechos de los estándares políticos.
Segundo, será cada vez más difícil que las nuevas democracias de Europa Central y Oriental y las áreas más occidentales de la ex Unión Soviética sostengan que no pueden respetar las normas democráticas de comportamiento ni alcanzar los niveles de performance de las democracias más establecidas debido al peso de sus legados autocráticos. Sus ciudadanos recientemente liberados evaluarán a sus dirigentes con los mismos estándares en uso en el resto de Europa. Las comunidades políticas que no cumplan con estos requerimientos vivirán recambios electorales más frecuentes e incluso podrán ser amenazadas por rebeliones populares, a menos que sus gobernantes recién empoderados respeten las reglas fijadas por las democracias "reales" de Occidente.
Tercero, en ambos casos, las comunidades políticas en cuestión solamente podrán mejorar sus instituciones y prácticas democráticas a través de reformas parciales y graduales. Éstas tendrán que ser diseñadas, aprobadas e implementadas de acuerdo con normas e instituciones ya existentes. Es raro que se presente la oportunidad para un cambio más profundo, drástico o inconstitucional. ¿Cuánto se puede esperar de que aquellos que se han beneficiado con las reglas las cambien? La rotación normal entre partidos y coaliciones en el poder abre, a lo más, oportunidades modestas de cambio.
Cuarto, el reformador, por lo tanto, debiera guiarse por el "posibilismo" en sus opciones y decisiones respecto de los potenciales cambios en las instituciones formales y prácticas informales. Ello significa preocuparse menos de lo que dicen idealmente las teorías democráticas o de lo que ofrecen los cálculos empíricos del pasado y más de lo que está al alcance de los ciudadanos "reales" y los políticos "reales", en el entendido de que, en un diálogo entre ambos, los primeros logran convencer a los segundos de que tales reformas implican un mejoramiento significativo en la calidad de sus democracias.
Por último, el reformador debiera también estar atento al principio de la transversalidad, lo cual significa no limitarse a los efectos de alguna reforma particular, sino que buscar las conexiones y externalidades que podrían surgir si varias reformas se implementan simultánea o (lo que es más probable) secuencialmente. Cuando de instituciones se trata, "es la mezcla lo que importa", más que cualquier cambio singular en normas y prácticas.
Resumiendo estas cinco proposiciones, el futuro de la democracia representativa liberal en Europa se encuentra menos en mantener y fortalecer las instituciones formales y prácticas informales existentes que en cambiarlas. Como sostuvo Robert Dahl: "Cualquier forma que tome, la democracia de nuestros sucesores no puede ser la misma que la de nuestros antecesores". En otras palabras, para mantener la democracia tal como la conocemos habrá que cambiarla furtiva pero significativamente, y esto afectará no solamente a las comunidades políticas nacionales, sino a todos los niveles y procesos de toma de decisión europeos. Si este esquema se aplica o no a otras partes del mundo, será una de las tantas cuestiones que se discutirán en el Congreso Mundial de Ciencia Política a realizarse en Santiago en julio de 2009.

22-06-2009


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